miércoles, 27 de mayo de 2009

UNO

Decidir la persona que queremos ser, es una falsa opción hasta no contener los elementos capaces de darnos el equipamiento racional, psicológico y emocional que comprendidos en los límites de la madurez crean cierta solvencia espiritual, capaz de resolver el intrincado designio del hombre que pretendemos ser.


Este problema es planteado por la vida, a todos los mortales que sucumbimos al inexorable abismo del paso del tiempo -que siempre es nuestro tiempo y no el cronológico externo que tanto acucia al hombre rutinario- y que sólo trae la “infeliz vejez”, en tanto que al comprendernos como parte del Universo llegamos al final del viaje en la maravillosa idea, que envejecer puede ser también la segunda juventud y porqué no, sumarle a esa fortaleza la candidez de nuestra niñez para encontrar esa oportunidad de reflexionar con tiempo a favor y sabiduría, actuar con prudencia pero con certeza y avizorar el instante futuro con humildad, fruto de la experiencia adquirida con los años. A decir verdad la vida se manifiesta para todos por igual, difiere entre unos y otros el tiempo de darse cuenta en qué momento dejamos de ser el niño, el joven y ya quizá el hombre adulto cronológico, como atavío que precede a ese hombre en el que queremos transformarnos. Aún así, con todo, y otros elementos actuar inerte en medio del torbellino creado por la inercia, equivale actuar en frío rodeado por llamaradas a las que pretendemos enfriar a costa de todo. Y ese todo somos nosotros, nosotros seremos quienes paguemos el rédito de “ganar” o de “perder”


En cuántas oportunidades de lucirnos somos capaces de apreciar nuestra verdad y transformarla en un cuenco receptor de otra posibilidad distinta que la complemente y tal vez hasta la embellezca aún más. Personalmente comencé los intentos, muchas veces vanos de callar, luego de oírle a Jorge L. Borges “reprocharse” no haberse callado en alguna discusión con su amada madre, solo por no dejar de tener, la razón.


Hoy veo a la razón como la medida entre los otros y yo. Es decir, me refiero a saber que quizá tengo la razón en determinada cuestión y sé también que ponerla al servicio de la soberbia, por grande que ésta sea, consigo tan sólo empequeñecerla. De todos modos quizá no sea muy fácil “domar” un espíritu que se ha desarrollado curándose las heridas devenidas del diario vivir, para luego ir convirtiéndolas en acorazadas fortalezas por el miedo a ser lastimado nuevamente. O sea, tenemos que volver a escribir el libro, restañando la tinta que se escapa del papel escépticamente por la misma razón. Entonces para que el hombre sea, nace el orfebre que tejerá la filigrana por donde saldrán las viejas heridas y entraran los nuevos anhelos. Un nuevo horizonte sobre el antiguo.

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