miércoles, 27 de mayo de 2009

Mario Benedetti


DESMORIRSE


Cuando muera quisiera desmorirme / tan sólo por un rato para ver
como el mundo se lleva con mi ausencia


a los que lloren les daré un pañuelo / a los que rían un bol de ceniza /

indiferencia a los indiferentes
cuando muera quisiera desmorirme / y visitar de nuevo a mis compinches
a los sobrevivientes por supuesto

y preguntarles las poquitas cosas / que se fueron quedando en el tintero
o que neutralizó el silencio turbio

Mario Benedetti


Nombre Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia

Nació el 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros, Tacuarembó, Uruguay

Murió el 17 de mayo de 2009, a los 88 años.

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“Mohín de cola”

Quizá les sea difícil comprender el amor que siembra y por consecuencia luego recoge una mascota a quien no ha tenido una.
A decir verdad, un animal no reemplazará la ausencia provocada por una pérdida importante de nuestra vida afectiva, pero indudablemente su cariño leal y desinteresado llenará vacíos inesperados en el devenir de la vida misma. En nuestro caso, el mío propio y el de mis hijos, Wagner fue un ovejero alemán que dejó huella acullá de nuestra familia, en realidad según sus términos “su jauría” va entonces para un entrañable amigo el recuerdo permanente de sus andanzas y picardías que aún hoy resuenan en nuestra memoria viva.

“Mohín de cola”

Todos son cuidadosos al momento de hablar conmigo o con mis hijos, con acento de oratorio, de tono bajo y respetuoso comentan con palabras cuidadas como viejos tesoros de cálido sonido, los momentos pequeños que al paso de las horas van creciendo para indudablemente convertirse en un dulce recuerdo.

Cada uno a su modo no quiere despedirse y mucho menos olvidarlo. Es que el amor tantas veces escaso; él lo derramó con natural entrega, al igual que lo hace un dulce en la boca de un niño. Los sonidos y olores perduran en la casa que fue suya y que es nuestra, la de ladrillos y cal, con puertas y ventanas que en los días de lluvia le abrían un paisaje hostil seguramente y que por esa personal condición de perro "distinguido", nunca transpuso el umbral por más que lo acuciara su natural fisiología. A lo sumo, ante mis bromas de azuzo me agitaba su danzarina cola a modo de disculpa y distracción; sin ceder por supuesto a sus principios: "No mojarse las patas; entre seguramente otras muchas razones por mi desconocidas".

Mientras que en la otra casa, la de afectos y entrega, la de muros de amor que nos cobijan, con ventanas y puertas desde donde se ven todos los horizontes; el albur de los días tiene otra melodía con sonidos de amigos canciones y palabras que arrullan sin estreches alguna, la buena vida. Allí, en esa casa sus pasos y sonidos se presentan aún hoy como bella poesía que se arraiga en el alma para desvanecerse con un mohín de cola a modo de disculpa y distracción. Si en el hombre hubiese tanta delicadeza como en el corazón de un perro, este mundo sería un poco más humano, no habría necesidad de asistir a cursos donde aprender a ser, donde otros nos digan cómo sentirnos y donde para amar debamos aprender una estrategia.

De todos modos Wagner no es una despedida sino un paréntesis, promesa de un reencuentro en otro tiempo que el amor nos propone.

Al final del camino Wagner cumpliste con tu anhelo, aquél de tu niñez: Que te alzaran en brazos. Mis hijos "tus hermanos", como siempre cedieron a tu encanto aunque a decir verdad es todo un privilegio acunar al amor ataviado de perro.

Para mi perro Wagner, nuestro gran compañero.

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miércoles, 13 de mayo de 2009

Porqué la maté (Primera parte)

Sinapsis Eterna "Cuadrilla de Demolición Estética"
Es un grupo de amigos con delirios recurrentes que utilizan la expresión artística como un modo terapéutico. Anímate a compartir con nosotros uno más de nuestros intentos de escapar a la cordura.

Porqué la maté (Segunda parte final)

lunes, 4 de mayo de 2009

¿De qué manera te acercas?

Una vez, mientras esperaba el colectivo de pié justo en el ángulo que hace esquina, entre la calle y una avenida que se cruzaban y por las cuales venían dos líneas diferentes que me eran igualmente útiles, me pasó lo siguiente:

Cada tanto giraba para ver en uno y otro sentido esperando divisar qué colectivo vendría primero. Si venía el 501 por Cervantes me quedaba en mi sitio y subía allí mismo. Pero si por el contrario venía el 203 por la avenida Mitre, entonces debía cruzar la calle para acceder a la otra parada.

Era aproximadamente las 23:30 hs. Además el invierno acotaba la visión a pocos metros, creando un panorama neblinoso y frío. En esa época estaba acostumbrado a andar tarde en la noche inclusive si llovía, tiempos felices.

Metido en mis pensamientos brevemente salía de ellos para repetir mi giro y contragiro intentando hurgar entre la neblina y esperando ver la amarilla luz del 501 o en su defecto el conocido violetero del 203.

En un estado entre absorto y sobresaltado me vi arrastrado por una mano firme, aunque algo nerviosa, que me tomó desde el codo impeliéndome al movimiento que por sorpresivo superó la inercia natural de mi cuerpo, y allí fuimos el uno al lado del otro cuasi siameses entrenados en el difícil arte del desfile. Una vez superado el codón de la calle sin tropiezos de mí parte y tragando una gran bocanada de aire frío me separé para ver quién “me había cruzado la calle”.

Una nerviosa dama convencida de su buena acción me pregunta: ¿Ya está? -¿Qué le repregunté tranquilamente?- -¿Digo si no necesitas nada más?- No! le respondí y agregué, “tampoco quería cruzar la calle, pero gracias de todos modos”


La mujer no encontraba palabras ni cómo ubicarlas para disculparse. Le dije que no se preocupara que estaba en cierto modo acostumbrado a que me “ayudaran” y aunque tal vez de manera equivocada era preferible a la indiferencia, pero también le sugerí que ante una situación similar lo mejor es preguntar: ¿Puedo ayudarlo en algo? -Simple ¿no?-


Para mi tranquilidad y la suya vino el colectivo 203 al que me subí de regreso a casa, con una sonrisa entre los labios por haber superado el enojo que otrora me agredía y agriaba el espíritu. Con algo menos de frío en el cuerpo y el alma pedí el boleto hasta cuatro vientos.

NOTA:

El punto rojo indica donde esperaba el colectivo, y las flechas representan los respectivos colectivos. Recuerden que era por la noche y además invierno.